Un mapuche encarcelado en huelga de hambre, una mancha oscura reemplazaba a los cisnes en un Santuario de la Naturaleza que ya de inmaculado le queda poco, restos arqueológicos barridos por una retroexcavadora, pescadores artesanales se enfrentan a la fuerza pública con una desesperación nunca antes vista porque ya no tiene nada que perder, el barrio desaparece entre los nuevos edificios y un sólo niño se sienta en la escuela de Caquena, un pueblo abandonado al norte de Chile, donde un grupo de viejos se queda haciendo “patria”, mientras el padre de familia descansa bajo un cielo de palmeras después del paseo familiar por el mall. ¿Qué tiene en común?. No son las escenas de una mala película, sino las visiones de lo que dejamos en el camino, son las consecuencias de un desarrollo mal entendido, de avanzar sin integrar. Son los rostros de la copia infeliz del edén.
Este desarrollo se ha caracterizado, en la sociedad occidental por el proceso creciente de racionalización técnico-instrumental, destinado a dominar y a transformar la naturaleza, que conlleva el fenómeno del desencantamiento del mundo. Este proceso de desacralización de la morada humana ha llevado a reducir a la casa ideal del mundo moderno a una idea funcional, en palabras de Le Corbusier una “maquina de residir”. En tanto que para el hombre “primitivo” de todas las sociedades pre-modernas, “instalarse en cualquier parte, construir un pueblo o simplemente una casa, representa una grave decisión, pues la existencia misma del hombre se compromete con ello: se trata, en suma, de crearse su propio “mundo” y de asumir la responsabilidad de mantenerlo y renovarlo… Toda construcción y toda inauguración de una nueva morada equivale en cierto modo a un nuevo comienzo, a una nueva vida.”[1]
Este lento proceso de desacralización se ha convertido en una vorágine de consumo sin sentido, en donde la naturaleza, reducida a una otredad cosificada, retrocede a consecuencia de nuestra presencia (presión demográfica) y de nuestra acción (modos de producción y de consumo). En palabras de Ost, para lo mejor y para lo peor, en adelante somos responsables de una naturaleza que estamos modificando cada vez más profundamente.
La crisis ambiental no se puede entender solamente como un problema particular, una consecuencia aislada del “desarrollo” económico, sino como una de las caras más sensibles en que se manifiesta la crisis existencial del ser humano, enredada con otras heridas profundas que no sabemos curar muy bien y que cada vez nos hace morir un poco como sociedad. No cabe duda de que el hombre moderno vive un desarraigo brutal, sin saber mucho la Historia que se ha vivido, sufrido y borrado, malamente puede ver más allá de su ombligo, que cruje por devorarlo todo en un mundo en que nada permanece para contarlo mañana y en el que todo es desechable. Y los que aún mantienen una identidad, la gente de la tierra es largamente acallada al adormecido ruido de la televisión de masas, donde el amor a las tradiciones permanece a pesar de que la política es que no exista política al respecto, los que caen al ritmo incesante de las grandes ciudades, son los grandes excluidos.
Y los simples ciudadanos, que deben ser los grandes fiscalizadores, difícilmente se les puede pedir que tengan conciencia ecológica, si no se tiene asegurado lo básico como es una vivienda digna, educación justa, salud decente. Nicanor Parra lo grafica muy bien en su poema Moscas en la Mierda[2]:
Al señor -al turista -al revolucionario
me gustaría hacerles una sola pregunta:
¿alguna vez vieron una nube de moscas
revolotear en torno a una plasta de mierda
aterrizar y trabajar en la mierda?
¿han visto moscas alguna vez en la mierda?
porque yo nací y me crié con las moscas
en una casa rodeada de mierda
Por lo general, son en los países desarrollados, donde ya se tiene aseguradas las condiciones básicas de vida, en los que existe mayor preocupación por el medio ambiente y también son los principales afectados por las migraciones. Si bien en su mayoría hasta ahora, las migraciones han sido por refugiados de guerras o por falta de oportunidades; lo más probable es que las migraciones sean mas frecuentes por la tensión por los recursos naturales, la sobre explotación, la sequía, las inundaciones, las catástrofes naturales en general por el cambio climático.
Ante esta triste perspectiva, ¿qué es lo que puede hacer el Derecho por los hijos excluidos del sistema?. Los ecologistas de mercado, señalan que la manera mas eficiente es a través de la propiedad, terminando por transformar la naturaleza en pieza de museo, donde unos pocos privilegiados pueden pagar por disfrutarla; los ecologista profundos esperan que la naturaleza se sacuda del cáncer de la humanidad; y otros concuerdan en que “absolutizar un punto de vista es el camino más corto para transitar de la verdad al error y de la razón a la irracionalidad”. Así para Ost, “en vez de pretender regular directamente a una naturaleza que, de todas maneras nos escapa, ¿no sería más razonable regular nuestra relación con la naturaleza, nuestros modos de acceso a la naturaleza, por ejemplo nuestros métodos agrícolas, técnicas de producción, nuestro hábitat o nuestro consumo de energía?. En última instancia, no se trataría de proteger a la naturaleza, sino de proteger al hombre contra sí mismo.”[3]
El Derecho como todo producto cultural, es reflejo de su tiempo, por ello el cambio necesario para que la inauguración de una nueva morada vuelva a ser en cierto modo un nuevo comienzo, una nueva vida asumiendo la responsabilidad de mantenerlo y renovarlo, debe venir desde la creatividad y educación intelectual, desde el interior mismo del ser humano, para que luego el Derecho pueda plasmarlo de la mejor manera posible. Por que como señala el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa, necesitamos independencia ética, “a tener tolerancia a la incertidumbre, a no creer en todo lo que te dicen, en todo lo que lees, en el comportamiento común del mundo consumista. El peor comportamiento actual es esa estúpida obsesión con el crecimiento continuo que terminará por matar al hombre”.[4]
Por otra parte, un gran ejemplo es el que está dando Francia con el nuevo trato ambiental, en virtud del cual se diseña un proceso que incluye a la sociedad en su conjunto, incluyendo a ONG, sindicatos, empresas, colectividades locales y Estado. Ha sido calificada, y con razón, como una innovación democrática. Esperemos ver como les va…
¡después dicen que en este país no se puede vivir!

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